La Música Festera y su dimensión

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La Música Festera y su dimensión

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Ricardo J. Montés Ferrero

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No es ningún descubrimiento afirmar que la Música Festera tiene un papel importantísimo en la Fiesta. Es una afirmación que hemos escuchado muchas veces, formulada de diferentes formas y maneras, con distintas palabras, pero en todas vienen a decir lo mismo: no se puede entender la Fiesta sin su Música. No existiría la Fiesta de Moros i Cristianos sin la propia Música. De la misma manera que no existiría la Música Festera sin una Fiesta como la de Moros y Cristianos de la que se nutre y a la que alimenta. Y todo esto porque la Música es consustancial a la Fiesta y forma parte de su personalidad desde el principio de los tiempos festeros.

Afirmar a continuación que la Música Festera se escucha a lo largo del año en todos los rincones de la geografía festera, tampoco es una banalidad. Las Bandas de música llenan las calles, las plazas, “los masets”, los locales de comparsas o “filaes”, los teatros, y en general cualquier lugar donde la Fiesta se manifieste.

El objetivo de esta comunicación consiste en ponderar lo más exactamente posible a esta Música Festera, poniendo de relieve su auténtica importancia cuantitativa, más allá del mero pronunciamiento de frases tópicas, que todos hemos escuchado en alguna ocasión, a veces en tono autocomplacencia y otras en tono reivindicación.

Es conveniente recordar que la Música que es protagonista de la Fiesta de los Moros y de los Cristianos tiene una antigüedad indeterminada y ancestral, tan vieja como la propia Fiesta, porque de siempre los festeros se han hecho servir del correspondiente acompañamiento musical. Aunque sus antecedentes están incluidos en los siglos XVII y XVIII, voy a céntrame en la Música Festera, tal y como la conocemos en la actualidad, es decir, la música festera destinada a ser interpretada por un conjunto musical numeroso y equilibrado, al que llamamos Banda de Música.

La mayoría de los estudiosos se ponen de acuerdo en fijar la fecha de 1882 como el momento en el que se escribe la primera composición festera. Se trata del pasodoble “Mahomet” del autor alcoyano Juan Cantó Francés. De eso hace ya ciento veinte años. Y en el transcurso de todo este tiempo, más de trescientos compositores han escrito lo que con toda seguridad pasa de tres mil composiciones.

Esta es una afirmación no exenta de riesgos porque resulta casi imposible saber con exactitud el número de piezas y composiciones escritas para la Fiesta. Desgraciadamente ni disponemos de una base de datos rigurosa o de un archivo musical que contenga todas las obras escritas. No obstante, la estimación realizada no estará muy lejos de la realidad porque, basándome solamente en las composiciones que conocemos a través de las grabaciones musicales, la extrapolación hecha antes de tres mil composiciones no resulta en absoluto peregrina.

Pere, para que podamos hacernos una idea de lo que hay dentro de estas tres mil composiciones, voy a realizar un pequeño recorrido para conocer, aunque sea someramente, como se ha producido esta gran cantidad de obras, haciendo un repaso a los títulos y compositores más significativos.

LAS PRIMERAS COMPOSICIONES

Como primeras composiciones, además de la mencionada “Mahomet”, citaré al pasodoble “Anselmo Aracil” (1891), José Espi Ulrich, o al muy conocido y a menudo interpretado que escribió en 1894 Camilo Pérez Laporta “El Capitán” que está dedicado al capitán de la fiesta alcoyana de ese año Francisco Reig Cantó, “Guillermon” (1895) pasodoble de Julio Laporta Hellin, “Micalet Sou” (1896) otro pasodoble de Camilo Pérez Laporta.

1990 es testimonio de la composición de dos grandes pasodobles de Camilo Pérez Laporta “Krouger” y “El Traansvaal”. En 1907 el mismo compositor escribe la primera marcha mora (marcha árabe se la denominaba en aquel momento) titulada “la Alhambra” y en 1909, coincidiendo con una estancia del mismo autor en el Colegio de los P.P. Franciscanos de Ontinyent, escribe un delicioso pasodoble dedicado a la Sociedad Lira del Clariano de Ontinyent, titulado “Fontinens”.

Con los inicios del siglo XX, la cantidad y calidad de las composiciones escritas para la Fiesta aumenta en progresión geométrica. También aumentaba el número de compositores que se sumaban a la tarea creativa. Julio Laporta Hellín escribe los pasodobles “Chano” (1902), “Mi Barcelona” (1911), “Remigiet” (1914), “El Desgavellat” (1927) y “Un moble mes” (1928), dedicado a Francisco Moltó Aznar, “el Pansit”.

Alfredo Alberola escribe los pasodobles “Alcoy” (1907), “El Goril.la” (1915) y “Pensamiento Fugaç” (1918), Evaristo Pérez Monllor es el autor de pasodobles como “Turista” (1911), “Mirahb” (1925) o de las marchas moras como “Genna A l´Arif” y “El Mexuar”, las dos de 1924.

Gonzalo Barrachina escribe en 1913 el famosísimo “Ecos de Levante” (pasodoble que dio nombre, al primer disco de música festera grabado en 1960). También es el autor del entrañable “Himne de la Fiesta d´Alcoi” (1917.

Camilo Pérez Monllor aporta dos títulos imprescindibles como son el pasodoble “El K´sar el Yedid – Alcázar Nuevo” (1912) y la marcha mora “Uzul M´Selmin – L´Entra del Moros” (1914).

En 1917 el compositor de Ontinyent Rafael Martínez Valls, escribe la que es sin duda una composición aislada de su carrera musical. Es la única concesión que el maestro tiene con la Fiesta y la tiene componiendo la marcha árabe titulada “Paso a la Cabila”.

En 1925se incorpora a la composición festera un autor no vinculado a la población de Alcoy. Es Quintin Esquembre de Villena que escribe el muy conocido pasodoble con aíres toreros que lleva por título “La Entrada”. Comenzaría de esta forma la peculiar simbiosis festera/torera en lo musical, de la que son buenos ejemplos, además del citado, el pasodoble “Ragon Falez” (Emilio Cebrián Ruiz, 1933) y “Churumbelerías” (mismo autor en 1934).

Otra curiosa simbiosis entre culturas musicales de distinto signo y procedencia, se produce también con los denominados “pasodobles gallegos”, escritos no expresamente para la Fiesta de Moros y Cristianos pero que son adoptados de forma espontánea por músicos y festeros. Podemos citar a “Oh Artista” de Caldeira y “Puenteareas” del maestro Soutullo y “Romance a Franqueira”.

LA GUERRA CIVIL

La época luctuosa de la Guerra Civil española, supuso para la música festera, al menos para la de la nueva creación, un importante frenazo hasta el punto de que no hay datada composición alguna entre 1936 y 1939, eso sí, con una notabilísima excepción. En la población de Cocentaina, un joven e inquieto músico, dotado de una tremenda facilidad para catalizar la alegría de la Fiesta, escribe la que iba a ser una de las composiciones festeras más populares y contagiosas de cuantas se han escrito jamás. Dedicada a su cuñado, Gustavo Pascual Falcó escribe en 1937 el pasodoble “Paquito el Chocolatero”, una de las composiciones más populares de la Fiesta.

Nacido en los años en que la alegría de la fiesta era maniatada por la intolerancia fratricida, “Paquito el Chocolatero” es sin duda la música dianera por excelencia, genuinamente festera en sus orígenes, pieza obligada de todas las bandas de música de nuestro entorno geográfico y que hoy, precisamente víctima de su popularidad, está siendo usurpada y destrozada con los malos usos e interpretaciones que se le dan, más allá del ámbito morocristiano.

En la década los cuarenta, Gustavo Pascual continuo escribiendo música para la Fiesta, con pasodobles como “El Berebere” (1942), “Som i no som d´eixos” (1942), “Consuelito Pérez” (1944), “Navarro el Bort” (1944, o las marchas moras “El Ball del Moret” (1943) y “Buscant un Bort” (1944).

LA EXPANSION

Hasta casi la mitad del siglo, por lo que se refiere a la composición de música festera, existió un reinado absoluto de los compositores alcoyanos o vinculados a esta población festera. La inmensa mayoría de los compositores citados hasta ahora tienen su punto de referencia en la ciudad de Alcoy y a esas Fiestas dedican el fruto de sus inspiraciones, al tiempo que las Bandas alcoyanas rivalizan en sorprender al festero y al espectador con las armonías de nuevas y atrevidas composiciones.

Pero poco a poco, de manera tímida al principio y de forma explosiva conforme avanza la centuria, la tarea de componer música festera va a inundar la práctica totalidad de las poblaciones en donde se celebran estos festejos.

Ya se han citado a Martínez Valls, (Ontinyent), Quitín Esquembre (Villena) y Gustavo Pascual (Cocentaina). Aparecerán muchos otros que van a aportar riquezas y variedad. Fernando Tormo Ibañez en Albaida, escribe pasodobles como “Mi Homenatge” (1955), “Octubre el Festes”, “Che”, “Cuco” y “Antañona”.

Otro de los destacados es Miguel Picó Biosca que escribe entre otros las marchas moras “Fran-Semp” y “El President”. De obligada cita es la obra del maestro de Cocentaina José Pérez Vilaplana, con títulos muy conocidos como “Guardia Jalifiana” (1966), “A mons pares” (1959), “Segrelles” (1967), “Voluntat de Fer” (1968), “Zoraidamir” (1969) y “Als Berebers” (1972).

Mención especial merece el maestro de Muro, Francisco Esteve Pastor, que nos ha dejado pasodobles tan entrañables como “La Penya el Frare”, “La Plana de Muro”, “Eduardo Borras”, “Tayo” o “Brisas de Mariola”, así como la muy interpretada marcha mora “Juanjo”.

También en Alcoy continuaban escribiendo música para la Fiesta de Moros y Cristianos, autores como Gonzalo Blanes Colomer, “Abencerrajes i Cegries” (1947), Alfredo Alberola Sempere, o Rafael Casasempere Juan. Pero sin duda uno de los autores que destacan por la tremenda calidad de sus composiciones es Amando Blanquer Ponsoda especialista en composiciones grandiosas e innovadoras. El maestro Blanquer es el autor de la primera Marcha Cristiana escrita para la Fiesta, datada en 1958 y que lleva por título “Aleluya”. Además es el autor de las marchas moras “Tarde de Abril” (1957), “L´Ambaixador” (1959) o “La Marcha del Centenario” (1982).

EL FENOMENO FERRERO

En este movimiento de expansión surge la figura de un genio que marcará para siempre la música festera, convirtiéndose en el autor que ha conseguido las más altas cotas de producción y popularidad, jamás obtenidas por ningún otro compositor de música festera. José María Ferrero Pastor, a lo largo de 30 años se convirtió en el autor más prolífico. Al maestro Ferrero le han sido grabadas en ciento veinte ocasiones algunas de sus composiciones. Es difícil encontrar un disco que no contenga alguna delas obras del “Maestro” y, al igual que Gustavo Pascual por “Paquito el Chocolatero”, ocupa un lugar de honor en la música festera del siglo XX por la popularidad conseguida por su marcha mora “Chimo”.

El maestro Ferrero es autor, entre otros, de los pasodobles “Daniel Juan” y “Reina de Festes” (1960), “El Nostre” (1966), “Brisas del Clariano” (1969) y “Dos Parelles” (1983). De las marchas moras “Mozárabe Revert” (1951), “Reige” (1956), “Mozárabes 1960”, “Marrakesch” (1963), “Chimo” (1964), “El Kabila” (1965), “Ovana” (1974) y “Rais Agamir (1985).

Como tres piezas maestras de la composición, han quedado sus tres marchas cristianas “Bonus Cristianus” (1966), “Apóstol Poeta” (1978) e “Ilicitana” (1984). Fue el inventor de los Poemas Sinfónicos inspirados en la Fiesta y de su ingenio son “Els Morocristians d´Ontinyent” (1972) y “Fantasía Muladiana” (1985) y, abarcando todos las variantes musicales de la Fiesta, escribió en 1983 la marcha de procesión “Cristo de l´Agonía”.

LA EXPLOSION

En los últimos veinticinco años del siglo pasado se ha producido una autentica convulsión en lo que se refiere a cantidad de compositores y composiciones. Nunca los festeros han tenido mayor variedad para escoger las piezas que les acompañen en sus desfiles y sin embargo, seguimos observando infinidad de repeticiones, quizás porque los festeros nos planteamos la música como un mero acompañamiento y  no como la verdadera protagonista de la Fiesta. Pero a pesar de ello y en cualquier caso, los compositores de final de siglo han seguido rivalizando en atrevimiento, espectacularidad e innovación.

Prueba de ello es sin duda, José Mª Valls Satorres compositor alcoyano que ocupa el segundo lugar en número de composiciones y del que cabe destacar su gran facilidad para construir marchas cristianas vibrantes, muchas de ellas a partir de temas musicales populares de las comarcas de la Mariola. Entre sus obras es imprescindible citar “El Conqueridor” (980), “Ix el Cristiá” (1981), “Pas Als Maseros” (19829, “Desperta Ferro” (1986) y “La Marxa dels Creuats” (1989).

También es autor de las marchas moras “Soc Marraskesch” (1986), “Torro Capitá” (1987) o “Mitja Lluna” (1988), y de los pasodobles “Juan Tomás Silvestre” (1979), “Aixa i Forcat” (1980) y “El Cruzárabe” (1989).

Otros músicos destacados son el contestano José Insa Martínez autor del delicioso pasodoble “Luis Sáez” (1975) o el compositor de Benejama Pedro Joaquín Francés Sanjuan, autor entre otras de la marcha mora “Als Ligeros” (1981) o de la marcha cristiana “Cid” (1985), o el compositor de Agost Antonio Carrillos Colomina, autor de “Capitanía Cides 86” (marcha cristiana) y de los bulliciosos pasodobles “Pepe Antón” y “Caridad Guardiola” (1983).

LAS NUEVAS GENERACIONES

Es sin duda la música festera un género en total auge, como lo demuestra la gran cantidad de compositores en activo, todos ellos inmersos en una frenética actividad productiva. Se hace complicado reseñarles a todos por el riesgo de la omisión. En todos los rincones de la geografía festera surgen músicos que se esmeran por escribir en los papeles pautados de alegría de la Fiesta. En muchísimas poblaciones, se deja constancia todos los años del trabajo realizado al emprender animosos la tarea de grabar un nuevo disco que se convierte en un notario más del gran momento que vive la música festera.

Con todo, no sería justo dejar de destacar a los que, por lo que ya han demostrado hasta el momento y por lo mucho que les queda por ofrecer, merecen figurar en este pequeño repaso de compositores y composiciones del siglo XX.

Personas como el alcoyano Rafael Mullor Grau, autor de la marcha mora “Un Moro Mudéjar” (1981) y de las marchas cristianas “L´Ambaixador Cristiá” (1982), “Alcoi, Escata i Destral” (1995).

El joven compositor y laureado director de Muro José Rafael Pascual Vilaplana es autor del romántico pasodoble titulado “Sara”, y de las inolvidables marchas  “Xavier el Coixo” (1988), “Cavall de Foc” (1996) y “Archaeus” (1998).

Resulta pedante llamar promesa a Daniel Ferrero Silvaje, pues sus más de veinte composiciones grabadas le consagran como un gran compositor de música festera, digno sucesor de su padre. Entre otras obras, a destacar sus marchas moras “Sisco” y “Quinze Moros” (1988), el pasodoble “Els de sempre” (1992) o las marchas cristianas “De la Vila al Regall” y “Gonzalo Capitá” (1997).

Joan Enric Canet, el compositor de Lutxent, es autor entre otras de los pasodobles “Benicadell” y “Novecento” (1995) y la marcha mora “Wahabitas”.

Un fruto más de la escuela ferreriana, Marcos Gandía Conejero autor de la marcha mora “Pepe el Barrugueret” (1986), el pasodoble “Paquito Llin” (1989) y la también marcha mora “Milenium” (1999).

Miguel Sarrio Nadal, músico inquieto y trabajador donde los haya, siempre espectacular en sus composiciones. Buena muestra de ellas son la marcha mora “Al Amel” (1989), el pasodoble “Bisbe Mossarab”, y la marcha cristiana “Ambaixadora Contrabandista” (1998).

Y por último, Ramón García Soler, que desde Albaida se está convirtiendo en una de las últimas incorporaciones a este joven plantel. Suyas son la marcha mora “Reina” (1996) o las marchas cristianas “David” (1997) y “Batallers” (1999).

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Este repaso cronológico y de corridas sobre la música festera escrita hasta el momento, ya sería suficiente para que nos hiciéramos una idea cuantitativa del importante patrimonio musical y cultural que hemos acumulado a lo largo de tres siglos. Ya ha sido dicho antes: 3.000 composiciones y 300 compositores son el resultado de la adición creativa que ha dado de sí la Fiesta y su Música.

Pero a menudo, las cifras frías resultan incomprensibles y suelen pasar desapercibidas. Hoy vivimos en la era de las comparaciones grandiosas y de las grandes magnitudes y con frecuencia, un fenómeno musical, geográficamente localista y por lo tanto reducido por naturaleza, no nos impresiona en absoluto por mucho que repitamos una y mil veces que tenemos tres mil composiciones de música festera.

Por eso y sirviéndome de la estadística y de la extrapolación aritmética, voy a facilitar algunas cifras muy curiosas con el propósito de ayudar a dimensionar la verdadera importancia de nuestra entrañable música de los Moros y de los Cristianos.

Las tres mil composiciones tienen una duración global de doscientas horas, lo que supone poder estar escuchando Música Festera sin interrupción durante ocho días seguidos, con sus correspondientes noches, y ocho horas más del día noveno.

Mientras nosotros estamos escuchando durante todo este tiempo Pasodobles, Marchas Moras y Marchas Cristianas, podríamos escuchar ciento ochenta y dos veces la Novena Sinfonía de Beethoven. O quinientas setenta veces el Concierto de Aranjuez del Maestro Rodrigo.

Sí fuéramos capaces de reunir todas las partituras que se han escrito, con el papel que acumularíamos, obtendríamos una masa con un volumen de diez metros cúbicos que pesaría un centenar de kilos y para la que necesitaríamos los maleteros de diecisiete coches para poder trasladarla.

Sí cogiéramos todas estas hojas de papel y las esparciéramos por el suelo, una al lado de la otra, tapizaríamos completamente el terreno de juego de un campo de fútbol de primera división.

Si estos mismos folios los colocáramos en fila, obtendríamos una cuerda que tendría una longitud de cuarenta y un kilómetros, y podríamos ir desde Ontinyent hasta Gandía leyendo Música Festera sin parar.

Con todo este papel podríamos tapizar completamente las paredes exteriores de un edificio de treinta y cinco pisos, con una altura total de ciento cinco metros.

Y sí todo el papel con el que se ha escrito la música festera formara parte de una única hoja, podríamos envolver tres veces y medio la Torre Campanario de la Iglesia de Santa María de Ontinyent que, dicho sea de paso, es la segunda torre campanario más alta de España, después de la Giralda de Sevilla.

Todo esto no son cálculos aritméticos, quizás ocurrentes, pero puedo afirmar con rotundidad que no son falsos en absoluto. Lo más sorprendente es que se obtienen de manera sencilla con solo poner en relación una materia prima tan habitual para nosotros como es la Música de la Fiesta de Moros y Cristianos. En cualquier caso, estas comparaciones nos pueden ayudar a comprender la grandeza cuantitativa de esta música y a mirarla con el respeto que merece tanto trabajo creativo como el que hay detrás de todos estos números.

Un último calculo, para escribir toda esta música se han necesitado ciento cincuenta horas, lo que supone escribir música de manera ininterrumpida durante diecisiete años y tres meses.

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A la vista de todos estos números fantásticos que indican de manera inequívoca que la Música Festera es una Música verdaderamente grande, muy a menudo me pregunto, porque no somos capaces de valorar como se merece a este género musical, tan singular y tan nuestro.

Porque lo tratamos con demasiada frecuencia como algo que no tiene importancia y toleramos incluso que otras personas, seguramente ignorantes en saber el que es la música festera, nos la califiquen de manera despectiva como “género menor”.

Son muchas las carencias que, a mi juicio, afectan a la dignificación de la Música de la Fiesta de los Moros y Cristianos. A continuación, en tono de protesta reivindicativa y sin excluir la crítica, ni siquiera la autocrítica, voy a hacer un repaso de aquellas cuestiones que, en mi modesta opinión, están pululando en estos momentos alrededor de la música festera y que merman de forma escandalosa su valor musical y cultural.

Comenzaré por los festeros, personas que tienen (tenemos) el mérito indiscutible de mantener la razón de ser de la música, tanto en el aspecto vital de hacerla una cosa siempre presente y viva en las Fiestas, como en el aspecto económico remunerador de las tareas de componer e interpretar.

No se debe olvidar nunca que el festero es el que mantiene económicamente sin excepción la interpretación de la Música Festera, por medio de la contratación de las Bandas de Música y, cuando se da el caso, retribuyendo a los compositores en las nuevas creaciones. A la Música Festera todavía no le ha llegado la cultura de la subvención, por lo que su vitalidad está directamente relacionada con la iniciativa privada de carácter económico, que siempre va a cargo de los Festeros.

Pues bien, este festero, en general considera a la música festera como “acompañamiento” de sus desfiles, boatos, cenas, “entraetes”, ensayos y cuantas manifestaciones festeras se dan en cada uno de los pueblos donde se hacen Fiestas de Moros y Cristianos. Hay que afirmar sin vergüenza que son pocos los festeros que ven a la música como a la protagonista de la propia Fiesta, al menos como a integrante de pleno derecho de su escenografía festera.

Es cierto que de un tiempo para acá, son más los festeros y las comparsas o “filaes” que cuidan el aspecto musical de sus proyectos festeros. Eso se pone de manifiesto en la elección apropiada de composiciones, los encargos puntuales de obras nuevas, las contrataciones acertadísimas de agrupaciones bandísticas adecuadas, las promociones de grabaciones de discos de música festera y la organización de conciertos.

Pero todavía existe mucha inercia de ir a lo fácil, a lo de siempre, a lo de toda la vida. Ahí están por ejemplo las repeticiones escandalosas de marchas moras o cristianas que podemos escuchar en cualquier Entrada, por el simple hecho de que el festero no se preocupa demasiado por investigar y escudriñar en la gran cantidad de partituras, tan o más buenas que las que siempre acaba pidiendo.

Y aún existen por ahí muchas exigencias de ruido por encima de todo, cargando la Banda de metal y percusión, desvirtuando y desequilibrando completamente la interpretación original, provocando un auténtico atentado al valor musical global de la obra a interpretar. Al final no se escucha más que el ritmo machacón del timbal y cuatro estridentes soplidos de los trombones y trompetas, dejando a la melodía sorda o inexistente. Los Festeros tenemos mucho que mejorar y debemos comenzar por admitir con humildad que no estamos suficientemente culturizados por lo que a la música festera se refiere.

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Por lo que respecta a las Bandas de Música, la bienvenida tendencia de que los músicos integrantes de las plantillas cada vez estén más formados en conservatorios, (cada vez quedan menos músicos románticos autodidactas), ha traído consigo el que muchos de ellos tengan una concepción “clasista” de lo que es la música festera, dentro del contexto de la música en general. Probamente por influencia de las propias enseñanzas musicales, la Música Festera es sinónimo de entretenimiento de distracción de poca calidad y de poco valor cultural. Cuando eses músicos tienen que afirmar o demostrar su mérito como músicos o como Banda, se aplican a ensayar obras que pertenecen a otro contexto musical, inclusive a otras culturas, dejando de lado lo que les es propio.

Es como si renegaran de sus raíces de sus orígenes, simplemente porque está de moda tocar otras cosas que dan más prestigio musical. Es como si tocar música de moros y cristianos, no significara “hacer música”. En este sentido las Bandas, cuando quieren quedar bien, apuestan claramente por unas tendencias musicales, probablemente alentadas desde altos estamentos musicales de la Comunidad Valenciana, que ignoran a la Música Festera para considerarla un género menor y de poco valor cultural.

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En tercer lugar y zurcido al comentario anterior, cabría analizar que es lo que hacen las autoridades musicales valencianas para con la Música Festera. Cabría preguntarse antes que nada si conocen si quiera lo que es de verdad la Música de los Moros y Cristianos y si alguna de estas autoridades está convencida de que, gracias a la Fiesta de Moros y Cristianos, los valencianos tenemos el más importante patrimonio cultural y musical genuinamente valenciano, que además está vivo, porque se interpreta todos los días en muchos pueblos de nuestra comunidad, porque crece día a día con nuevas aportaciones fruto de la inquieta inspiración de los compositores y porque da que hacer, sino la propia razón de su existencia, a muchas de las Bandas de Música valencianas.

Me pregunto si saben algo de todo esto los catedráticos de conservatorio de Valencia. O si alguno de los responsables de la política cultural de la Generalitat sabe que la Música Festera es muchísimo más que escuchar bullangueramente Paquito el Chocolatero en el campo de fútbol de Mestalla. ¿Para cuando en el prestigioso certamen de interpretación de Bandas de Julio en Valencia se programará alguna pieza Festera como obra obligada de las bandas que participan en el referido concurso?. ¿O cuando se creará una sección especial de interpretación que haga referencia exclusivamente a la Música de los Moros y Cristianos y a las Bandas que se esfuerzan en interpretarla como es debido?.

Sé que son duras preguntas de la que todos sabemos la respuesta, tan obvia como decepcionante. Y tofo porque la Fiesta de Moros y Cristianos y su Música tienen el defecto de haber nacido y de haberse desarrollado muy lejos de la huerta de Valencia. Nacieron en las montañas del interior y quizás por ello (y eso lo he oído personalmente), no deja ser, para los sabios de la capital, una música de bárbaros. ¡Cuan diferentes serían las cosas si nuestra música festera la propia de otras manifestaciones festivas valencianas, como por ejemplo las mismas Fallas!. Fiesta esta de las Fallas que, dicho sea de paso, solo tiene mal contadas, una docena de composiciones musicales propias que son interpretadas repetitivamente hasta el aburrimiento.

Parece una tremenda contradicción, sobre todo en estos tiempos en los que es muy frecuente reivindicar lo propio, lo autóctono, lo que nos diferencia de los demás, lo que hemos heredado de nuestros antepasados. Nos cae la baba cuando reseatamos del olvido viejas tradiciones desaparecidas. Un baile que se paseaba por la calle hace cien años y del que nadie se acordaba. Un manuscrito encontrado en algún archivo polvoriento obra de un paisano ilustre. Un resto arqueológico que nos ha hecho memoria de quienes somos y de donde venimos.

Y a las manifestaciones culturales y musicales que aún, ni han desaparecido, ni están olvidadas y ni mucho menos son un fósil arqueológicos, estamos dejándolas de lado de una forma indolente y por razones puramente esnobistas. Creo sinceramente que si esta Fiesta y esta Música no fueran originarias de la Valencia interior, sino que las hubieran parido otros pueblos mucho más apreciadores de lo propio, hoy se hablaría exaltadamente, a lo largo del mundo entero de la Música Festera aunque, eso sí, probablemente con acento Catalán o de California.

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Pido disculpas al lector por el tono agrio y apasionado de las últimas afirmaciones. Es lo que de verdad siento y así lo expreso. Estamos en un Congreso y no en un Pregón de Fiestas. No son obligadas pues las exaltaciones gratuitas y las frases fáciles y halagadoras. Lo que he dicho anteriormente son también las convicciones de otras personas, músicos, compositores, festeros, que yo mismo he escuchado desde hace muchos años. Son las lanzas de una vieja guerra que para muchos pasa desapercibida. Son la carga de frustración que debemos soportar con resignación.

Es más que evidente que nos hemos de preocupar por hacer una Fiesta digna y exclusiva que nos diferencie de los pueblos de España. Hemos hecho una música grandiosa en todos los aspectos a la que coloquialmente denominamos “Festera”. Y Festera suena a parecido a “Festiva”, dando la sensación de que es música informal, charangosa, para la bulla y el cachondeo. Solo cuando nos paramos a pensar o tenemos que ponerlo por escrito ponemos “Música de Moros y Cristianos”. Pero continua siendo para muchas personas música de Fiesta, descuidada, voluble, alocada. Y no nos toman en serio. Y se ignora que es el único tipo de música en todo el mundo escrita exclusivamente para Banda de Música, cosa de la que los valencianos y por motivos que no hace falta repetir, deberíamos estar multiplicandamente orgullosos.

En otros lugares del Estado español se han desarrollado también movimientos musicales que, como el nuestro, están asociados a una manifestación festiva y no por ello están considerados de forma peyorativa. Pero, o han tenido más suerte, o han sido más aplicados, o le han insuflado más inteligencia. Sin ningún reparo, esa otra música también festiva, está catalogada de “arte” y llena cuotas de pantalla en los medios de comunicación y de distracción.

Y lo peor de todo es que nos dejamos llevar por esa inercia “cultural” y acabamos arrinconando a lo que de verdad es nuestro, para hacerlo un hueco a lo que nos viene de afuera y nada nos dice. Todos tenemos la culpa de que esto pase. Todos somos responsables de que la Música Festera, la Música del Moros y Cristianos sea, nos guste o no, una música de segunda división, una música circunstancial (como los villancicos), a pesar de su importancia, de su gran dimensión, del número de personas a las que hace felices, del dinero que maneja cada año, del número de compositores que la han hecho grande, del número de bandas que viven de ella y del número de composiciones que tiene en su repertorio.

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Para concluir y en mi modesta opinión, todo esto es un problema de autoestima. Creo que nos falta amor y cariño sin condiciones para con nuestra Música. ¡Por supuesto que nos gusta la música festera!. Decir lo contrario sería una insensatez. Pero nos falta estimarla abierta y sinceramente, como de verdad se quiere aquello que se aprecia. Sin prejuicios ni complejos. Sin vergüenzas ni timideces.

Los festeros queremos mucho a la Música Festera para escucharla pegada a los riñones en un día de Entrada. Pero pasado ese mágico momento, pronto la olvidamos, dejándola dentro de un armario, como haríamos con un paraguas cundo no llueve. Y yo creo que lo que debemos hacer es aprender a quererla durante todo el año, en todas las horas, en todo momento, incluso fuera del contexto de la propia Fiesta. ¿o es que acaso solo escuchamos boleros, valses o rock and rolls, cuando tenemos la oportunidad de bailarlos?

También está claro que los Músicos aprecian la Música Festera. Pero deben darse cuenta que esta Música también existe más allá de una Entrada a treinta y seis euros por músico. Deben comprender que son unos músicos privilegiados al tener a su alcance el único género musical escrito para las Bandas a las que pertenecen. Deben desterrar las discusiones filosóficas sobre el valor musical de los pasodobles y las marchas, y ponerse a interpretar con digna aplicación la música que están haciendo sonar de sus instrumentos. Deben abandonar las tentaciones de imitar a las orquestas y ejercer de orgullosa Banda.

Y las autoridades musicales deberán reciclar rápida y generosamente sus planteamientos sobre lo que, para a ellos, es y no es cultura merecedora de tutela, protección y promoción. Y por si acaso esto es pedirles demasiado, me conformaría con que le otorgaran el respeto que la Música de los Moros y Cristianos se merece. El respeto que debe tener un fenómeno social, cultural y musical, nacido del pueblo de forma espontánea y no programático.

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Deseo que mi aportación a este III Congreso de Murcia pueda servir, tal y como pretendía, para que nos hiciéramos una idea real y exacta de lo que la Música Festera ha sido en su historia y es en la actualidad. Ha mi juicio ha quedado claro, que no es una Música menuda, capricho de cuatro entusiastas que se empeñan en embutirla con calzador, tanto si se quiere como si no. Es, al contrario, una Música Grande de la que podemos estar orgullosos, especialmente los que tenemos la bendita suerte de disfrutarla.

A pesar de algunas de las negativas valoraciones que he formulado en mi comunicación, sería una conclusión falsa afirmar que la Música Festera está en crisis. Nada  más lejos de la realidad. La Música Festera para Banda ha entrado en el tercer siglo de su existencia y puedo afirmar sin temor a equivocarme que goza de muy buena salud. Como nunca diría yo, porque a la cantidad de composiciones que ya han sido escritas, los compositores se abocana la tarea de escribir cada día, mucho y muy bien. Personalmente soy optimista respecto al futuro. ¿Qué como será la Música Festera del siglo XXI?. Desde mi ignorancia en solfeo, deseo sobre todo que la Música Festera del siglo XXI sea una Música estimada, querida, apreciada, de la que todos estemos enamorados.

Quiero acabar recordando la Conclusión Definitiva número ocho del II Congreso Nacional de la Fiesta de Moros y Cristianos, celebrados en Ontinyent en 1985. Dice textualmente: “Instar a las Asociaciones y núcleos Festeros para que procuren la dignificación de nuestra Música en sus diversas modalidades, evitando la reiteración de partituras en los desfiles, creando estímulos de superación para compositores, bandas y orquestas, y potenciando la música sinfónica inspirada en la Fiesta.”

A caballo entre la mi propia conclusión, evidentemente abierta a la discusión, y el propósito bienintencionado, diría que TODOS, SIN EXCEPCION, todos los que participamos de una forma o de otra en este maravilloso invento que son las Fiestas de Moros y Cristianos, debemos comenzar a creernos que somos propietarios de una música nuestra de la que tenemos que perder la vergüenza y de la que tenemos que presumir orgullosos, defendiéndola allá donde se presente y delante de quien sea. Si así lo hacemos, creo que, que caminaremos derechos hacia la necesaria dignificación de la música Festera.

Ontinyent, 31 de Marzo de 2002

Fuente: Transcripción de la comunicación presentada en el III Congreso Nacional de la Fiesta de Moros y Cristianos, celebrado en Murcia del 23 al 26 de mayo de 2002

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